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«Cuando no pueda alabar, me callaré»

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«Cuando no pueda alabar, me callaré» 

El octavo mandamiento de la ley de Dios no está dirigido solo a evitar grandes engaños, sino también a formar en nosotros una interioridad que solo busque lo verdadero; a querer personalmente que nuestros juicios nunca se contaminen con sombra de falsedad o doblez. El Catecismo de la Iglesia, en este sentido, señala que «el respeto de la reputación de las personas prohíbe toda actitud y toda palabra susceptibles de causar un daño injusto»[5]. E inmediatamente pasa a definir lo que es el juicio temerario –hacer juicios morales sobre el prójimo sin tener fundamento–, la maledicencia –manifestar, sin una razón válida, defectos de una persona a otra– y la calumnia –dar ocasión a juicios falsos sobre los demás–. La Iglesia, con corazón de madre, nos pone en guardia frente a estos tropiezos que solo pueden dañarnos a nosotros y a los demás. 

Existe también otra manera de herir a la verdad con nuestras palabras, que tiene que ver con la falta de discreción requerida por nuestro trabajo o por nuestras responsabilidades. El Catecismo, de nuevo, es claro al señalar que «el derecho a la comunicación de la verdad no es incondicional»[6]. Habrá que estimar en cada ocasión «si conviene o no revelar la verdad a quien la pide» y saber que fácilmente existen razones para «callar lo que no debe ser conocido», más cuando de hecho «nadie está obligado a revelar una verdad a quien no tiene derecho a conocerla»[7]. Puede suceder, en efecto, que por razón de nuestra posición en un grupo social o profesional tengamos información que otras personas no tienen. Son situaciones en las que es importante la delicadeza para delimitar lo comunicable. La información otorga cierto poder, y la tentación de utilizarla de manera irresponsable, de transformarla en rumores, calumnias o en vanagloria, está siempre acechando a la vuelta de la esquina. Se trata, tristemente, de un veneno letal también para la propia rectitud de intención. 

La indiscreción en el manejo de la información suele hacer daño también a quien la recibe, porque muchas veces no dispone de las herramientas suficientes para digerirla o comprenderla. No es justo imponer cargas a quienes no están llamados a llevarlas.

Cómo interpretar lo que acontece 

Para evitar vernos envueltos en las zarzas de la falsedad, el mismo Catecismo nos recomienda un camino seguro: «Interpretar, en cuanto sea posible, en un sentido favorable los pensamientos, palabras y acciones del prójimo»[9]. Cuando interpretamos lo que sucede a nuestro alrededor, es decir, cuando unimos cada hecho aislado en una historia que los conecta, nunca lo hacemos de una manera neutra. Siempre escogemos un punto de vista, un lugar desde donde mirarlos y valorarlos, aunque sea de manera inconsciente, porque tenemos un mundo interior que carga nuestros juicios hacia un lado o hacia otro. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando decimos que estamos “predispuestos positivamente” o “predispuestos negativamente” frente a algo o alguien. 

En este sentido, san Josemaría procuraba mirar a la gente con los ojos con que los miraría su propia madre. Muchas veces basta algo así para que se desvanezca la tentación de hacer daño con las palabras y los juicios: escoger un buen punto de vista desde el cual interpretar las acciones de los demás. Así, a pesar de que los hechos que se ven externamente sean iguales, la interpretación cambia; tiende a sintonizar con la mirada que Dios pone sobre las cosas y sobre las personas. Es interesante pensar, en ese sentido, que Dios y el demonio miran permanentemente los mismos hechos, pero tienen interpretaciones muy distintas de ellos. Unirnos a esa mirada divina, mediante la oración, nos hace acogedores con las personas y pacientes con los procesos. 

Si, por el contrario, no purificamos constantemente nuestro corazón, si no detectamos esas espinas que intentan abrirse paso hasta nuestra lengua, los hechos que nos rodean generarán en nosotros juicios temerarios, maledicencias o calumnias; nos impedirán descubrir a Dios, que está obrando siempre de manera misteriosa. Frente a lo que acontece a nuestro alrededor podemos siempre escoger entre la mirada que juzga o la mirada contemplativa. Fray Luis de Granada, explicando también el octavo mandamiento, señalaba que la mirada juzgadora tiende a herir la verdad en el prójimo: «Bien mirado, es un atrevimiento contra Dios tan grande, que es como decirle que miente, o hacer que sea tenido por mentiroso. Esto se prueba así: Dios es el sabedor de toda la verdad, y él sabe quién la trata y quién no. Él es un oráculo a quien habremos de acudir a que nos la diga, pues él es el verdadero juez de ella»[11]. Solo Dios sabe lo que se encuentra en lo más profundo de los corazones de las personas. 


Dios es el único juez 

Los evangelios nos muestran repetidamente cómo, queriendo poner a prueba a Jesús, algunos constituidos en autoridad se quejan de que los discípulos del Señor coman el sábado, o de que el Maestro cure la mano de un hombre ese mismo día. Después, por envidia, atribuyen a Beelzebul el hecho de que Cristo cure a un endemoniado. Pero el Señor «conocía sus pensamientos» (Lc 11,17), y procura despertar sus corazones, tocar las fibras más profundas de su alma: «¿Cómo podéis decir cosas buenas, siendo malos? Pues de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno saca del buen tesoro cosas buenas, pero el hombre malo saca del tesoro malo cosas malas. Os digo que de toda palabra vana que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio» (Mt 12,34-36). Al centrar la importancia en el corazón, Jesús nos recuerda que, para quienes queremos sumarnos a su misión, para quienes queremos generar una transformación positiva en el mundo, lo más fecundo será siempre cambiarnos por dentro constantemente; decidirnos a ser personas que, con sus palabras, muevan los corazones de los demás hacia el bien, en lugar de ser personas que, por el atolondramiento de querer intervenir en todo, hieran al prójimo en sus conversaciones. 

Una de las causas de las habladurías –que, como hemos visto, surgen inicialmente en la intimidad– es la tentación de querer arrogarnos la función de jueces de todo lo que nos rodea[12]. Esta actitud suele estar ligada a la tendencia a ocupar demasiado espacio en los planes de Dios, casi como si la libertad de Dios o la de los demás no pudieran actuar sin nuestro beneplácito. 

Los santos, a pesar de haberse encontrado muchas veces en ambientes en los que sucedían cosas con las que no estaban de acuerdo, también dentro de la Iglesia, han sabido detectar los tiempos y las maneras de actuar de Dios, sin violentarlos con su lengua. San Josemaría, en unas notas del año 1933, pensando en la formación de las primeras personas que irían llegando al Opus Dei, escribía: «¿Murmuras? Pierdes, entonces, el espíritu de la Obra y, si no aprendes a callar, cada palabra es un paso que te acerca a la puerta de salida»[15]. Esto no significa estar siempre de acuerdo con todos, sino disponerse a entrar en la lógica divina, canalizando esos desacuerdos en el tiempo y lugar oportunos, en donde verdaderamente podrán dar fruto. 

Alegrarse con el bien de los demás 

Otro gran generador de zarzas de maledicencia suele ser la envidia. De hecho, santo Tomás de Aquino considera que la murmuración es «la primera hija» de esta especie de «tristeza por el bien ajeno»[16]. La primera tentación que nos trae el libro del Génesis es precisamente la de la serpiente que, por envidia de los hombres y por odio a Dios, quiere alejarlos entre sí. El demonio engaña a nuestros primeros padres murmurando con ellos acerca del Creador: «No moriréis en modo alguno; es que Dios sabe…» (Gn 3,4-5). Otra vez: la tentación de saber más que Dios, de invadir su tiempo y su espacio. También el libro de la Sabiduría nos dice que «Dios creó al hombre para la incorruptibilidad y lo hizo a imagen de su propia eternidad. Mas por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo» (Sb 2,23-24). El evangelio de san Marcos, en fin, señala que Jesús fue entregado por envidia (cfr. Mc 15,10). La tristeza y los celos por el bien ajeno pueden llevar a minar, a aplastar la honra de quienes nos rodean. 

Una puerta por donde se suele colar la envidia es la de compararnos continuamente con los demás. En realidad, esta actitud obvia la realidad de que todos somos distintos y de que difícilmente tendremos un trato igual en la vida. Dios mismo no ha dado a todos lo mismo: nos conoce mejor que nadie y reparte sus dones de manera distinta. Es fundamental para la vida social aprender a convivir con el hecho de que todos merecen distinto trato, del mismo modo que una madre trata a sus hijos de acuerdo a sus necesidades y no reparte todo con la misma medida. Por todo esto, un buen camino para prevenir los movimientos de la envidia es aprender a alegrarse con el bien de los demás. Esto puede ser algo que nos resulte fácil, e incluso instintivo, con las personas que más queremos, con nuestro círculo más íntimo; pero no lo es tanto conforme ese círculo se empieza a ampliar. Pequeñas renuncias en favor del disfrute de los demás son una buena escuela para vencer las tentaciones de la envidia, más si se trata de ámbitos en los que está en juego el prestigio y la fama. «Alegraos con los que se alegran» (Rm 12,15) recomienda san Pablo en la Carta a los romanos. 

El octavo mandamiento protege nuestro jardín interior de la salvaje expansividad de las zarzas y los espinos, para que nuestro corazón pueda dar los frutos que Dios espera de él. «Quiere Dios que tengamos un juicio sencillo, que no sentenciemos antes de tiempo, no echemos las cosas a peor parte, (…) que sintamos los trabajos de nuestros hermanos, que favorezcamos sus cosas, que digamos siempre bien de ellos (…). Haz pues ahora cuenta, hermano, que la vida del prójimo es para ti como un árbol vedado (…). Sean todos de tu boca virtuosos y honrados, y crea todo el mundo que ninguno es malo por tu dicho»[17]. Querer vivir en la verdad nos lleva a custodiar la fuente de nuestros juicios, para que de nosotros salgan siempre palabras cristianas que sostienen a los demás, no que los aplastan; palabras que no oscurecen el mundo, sino que lo iluminan. 


  1. Mons. F. Ocáriz, A la luz del Evangelio, “La murmuración banalizada”. 

  2. Apuntes íntimos, n. 389, 14-XI-1931. Citado en Camino, edición crítico-histórica, Pedro Rodríguez, Rialp, Madrid, 2004, p. 607. 

  3. Apuntes íntimos, n. 399, 18-XI-1931. Citado en ibíd. 

  4. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2477. 

  5. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2488. 

  6. Ibíd., n. 2489. 

  7. Cfr. san Josemaría, notas tomadas de una reunión familiar, 19-II-1975. 

  8. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2478. 

    Fray Luis de Granada, Compendio de doctrina cristiana, parte II, c. IX. 

  9. Santo Tomás de Aquino señala que presumir la posesión de lo que no se posee es parte de la soberbia. Cfr. Suma teológica, II-II, c. 162, a. 4, resp. 

  10. Apuntes íntimos, n. 953, 19-III-1933. Citado en Camino, edición crítico-histórica, Pedro Rodríguez, Rialp, Madrid, 2004, p. 613. Este apunte se encuentra en el origen del punto 453 de Camino. 

  11. Cfr. santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, c. 36, a. 1, resp y a. 4, obj. 3. 

  12. Fray Luis de Granada, Compendio de doctrina cristiana, parte II, c. IX. 


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